Córdova
Blogs - Ricardo Aller
Sábado, 09 de Junio de 2018 09:06

CÓRDOVA

 

9 de agosto 1781.

Cubierta del Royal George, frente al Cabo de Santa María.

5 de la mañana, 1 hora después del inicio de la batalla.

 

 

Mientras el teniente le ponía al corriente, John Mutray clavó la mirada hacia la banda de babor donde, apenas a dos millas de distancia, el Monstrat deambulaba por el Atlántico sin mastelero de gavia ni palo macho, tratando de defenderse como Dios y sus 28 cañones le daban a entender frente a las embestidas de dos navíos españoles que lo acorralaban.

―Los del Monstrat están between the devil and the deep, comandante ―remachó John Lightow, un veterano de Liverpool con más heridas que esperanzas de salir de allí de una pieza―, aunque peor lo tienen los del Helbrech, que se está hundiendo a estribor.

Negando con la cabeza, Moutray volvió a recriminarse su necedad al dejarse engañar por el enemigo con un ardid tan viejo como el mar: el de simular con un farol en el trinquete la señal luminosa acordada por los capitanes de la Royal Navy en una reunión secreta que a la vista estaba que no fue tal, aunque tampoco podía decirse que le sorprendiera la filtración. Al fin y al cabo, pensó, en tierra regían códigos diferentes a los de la mar; otras lealtades y otros valores, sobre todo desde que Europa se hubiera convertido en un nido de espías.

―Es cuestión de tiempo―resumió Lighttow.

Moutray se limitó a asentir con un gruñido de obviedad. Su destino y el del mayor convoy que Inglaterra jamás había dispuesto en su historia ―57 barcos con suficiente oro y hombres como para terminar de una vez la maldita revuelta de las Trece Colonias―lo conocían ellos y también el capitán de aquel galeón español de tres palos con aparejo de velas cuadradas y tres puentes, cuyas 120 bocas de fuego no cesaban de escupir balas de 36 libras y que respondía al nombre de Santísima Trinidad, en cuyo trinquete hacía tiempo que lucía la seña de caza general, una auténtica declaración de intenciones que ni aclaraba ni complicaba la decisión del comandante del Royal George acerca de qué era mejor, si huir o pelear hasta la derrota. Porque John Mutray sería muchas cosas, pero nunca un cobarde.

―Comunicad al alférez que iniciamos la aproximación al galeón y que todos los hombres, desde los artilleros hasta los de cocinas, se armen con todo lo susceptible de matar.

Iba a asentir Lightow cuando una andanada procedente del Trinidad arrasó el propao del alcázar, la chimenea de fogones y el cabestrante del castillo, apoderándose de la cubierta una espesa nube de pólvora, muerte y gritos de heridos. Aún envuelto en la vaharada de humo, Moutray, milagrosamente intacto, se incorporó y con voz ronca ordenó a los que aún podían valerse por sí mismos que regresaran a los cañones.

―¡Abocen esos obenques!―gritó mientras miraba como a su alrededor todo desaparecía entre el humo de disparos y los fogonazos procedentes de una treintena de barcos españoles que, en formación de patas de cangrejos, estaban situando al Royal George en primera línea de fuego.

Al ver al Trinidad dispuesto a meter el bauprés por encima del mascarón de proa, Moutray suspiró hondo: aquello era cosa hecha. Antes de dar su última orden―No estará en su puesto aquel que no se halle bajo el fuego―, desenvainó el sable y lo alzó al aire, reverberando un haz de luz en el que por un momento creyó distinguir la imagen etérea de su mujer y sus hijas.

―Que por lo menos sepan que morí igual que viví, de pie y sin miedo―bisbiseó.

En ese pensamiento estaba cuando, de repente, el impacto frío y seco de un mosquetazo lo fundió todo a negro.

 

***

 

Al anochecer.

 

A Luis de Córdova le dolía todo, especialmente el hombro derecho, recuerdo de una bala recibida en 1747 cuando la refriega contra los argelinos Danzig y Castillo Nuevo por aguas del cabo de San Vicente. Demasiados años, pensó mientras se palpaba la herida con una punzada de nostalgia, demasiadas batallas.

―Agradecedle de mi parte al conde de Aranda y sus espías su buen trabajo.

El almirante se giró, encontrándose a José de Mazarredo. Fiel a sí mismo, el vascongado había luchado con la bravura habitual, y aunque llevaba la casaca manchada de sangre, se encontraba en razonable estado de salud.

―Me alegra veros vivo, don Joseph.

Este se limitó a encogerse de hombros. A su espalda, las llamas que consumían varios restos de embarcaciones inglesas alumbraban la noche.

―Uno no se puede quejar cuando tras la batalla sigue teniendo las tripas en su sitio, pues.

―¿Tiene ya el recuento de piezas y prisioneros?

―52 embarcaciones marinadas, de las cuales 36 son fragatas, 6 paquebotes y el resto bergantines, quedando todos ellos más o menos cañoneados pero a flote. Respecto a los prisioneros, se nos han rendido 1.350 hombres de las dotaciones, 1.357 entre oficiales y soldados y 286 pasajeros.

De Córdova amagó una sonrisa de satisfacción: aquello había sido caza mayor.

―Por hoy ya está bien, así que me retiro a descansar.

Con una leve inclinación de cabeza, el almirante abandonó la toldilla y se dirigió a su camarote. Las piernas le pesaban como pecados en el alma, pero antes de descansar optó por buscar recado de escribir y terminar de redactar la batalla en el diario de a bordo.

“Concluyo expresando que sin embargo de mis deseos y desvelo para el mejor Real servicio, atribuyo enteramente a la alta mano del Todo Poderoso la caída de esta riqueza de los enemigos en nuestro poder, completándose la satisfacción con la entera ruina de una expedición de tanta entidad así por los refuerzos de tropas para la India e Islas de América como por los grandes repuestos de víveres, lonas, velamen, jarcias y toda clase de pertrechos, que se conducían para la escuadra y establecimientos ingleses en América, cuya perdida es de tanto daño a los enemigos.

                                    Fdo: Director General de la Armada, Luis de Córdova y Córdova.”


 

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