Kilómetros de baloncesto (I)
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Escrito por Pedro Serrano   
Martes, 22 de Abril de 2008 15:26
Indice del artículo
Kilómetros de baloncesto (I)
El viaje
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Cuando el baloncesto se introduce en tus venas, por ver un partido eres capaz de hacer cosas que, muy probablemente, al resto del mundo le parecerán auténticas barbaridades. Quizá la más llamativa sea meterse entre pecho y espalda (sobre todo espalda, por aquello de las incomodidades de los viajes) una paliza de autobús un domingo, teniendo que trabajar/estudiar al día siguiente. Por ver en directo al CB Murcia lejos de nuestra ciudad, yo me he metido unas cuantas palizas. Y por supuesto sé de gente que se ha pegado más aún: sin ir más lejos, mi cuñado José Luís y su hermano Sergio, socios desde hace más tiempo que yo. Mi hermano Manolo, por ejemplo, y su mujer Mari Ángeles, han hecho también algunos viajes que yo no: se fueron hasta Aragón en coche para ver un Huesca-CB Murcia en la temporada 1994/95 (“la de Anderson”), que acabó con victoria murciana (¡menos mal!).


Hoy me he puesto a recordar mis viajes detrás del CB Murcia, y el primero que hice va a ser el que ocupe la totalidad de este texto. No es para menos. Aquel estreno en el mundo de los desplazamientos fue, desde luego, espectacular. Ocurrió en la temporada 1993/94, cuando después de tener la eliminatoria por la permanencia contra Valladolid casi imposible, con 2-0, nuestro equipo obró el milagro: ganó los tres partidos siguientes y salvó el culo “in extremis” con el 2-3. Antes de hablar de aquel viaje, pondré en situación:

 

 

Aquella temporada 1993/94 fue la del desembarco en Murcia del técnico catalán José María Oleart. También fue la de Quini García, que debutó haciendo un mate (no lo volví a ver machacar), de Pedrera, de Jordi Grau, de Juan Rosa, del regreso de Paco Martín… y por supuesto, fue el año de Jim Thomas y del genial John Ebeling. Para el playoff llegó el refuerzo del pívot Darren Morningstar en sustitución de un discreto Ted Jeffries: de este último lo que más recuerdo es lo pequeña que le venía la camiseta del uniforme al pobre. En mi opinión la plantilla del Murcia no era mala, pero sí quizá se nos quedó un poco corta. Y además, creo que tuvimos muy mala fortuna durante todo el año: perdimos muchos partidos por un solo punto o por muy corto margen y eso al final pesa. Entre derrota y derrota, equipo y afición se fueron uniendo cada vez más y todos nos mentalizamos para lo que debía llegar inexorablemente: el playoff por la permanencia. El rival: Valladolid.

 

 

El primer partido de la serie contra el Forum en tierras castellanas fue televisado y resultó un auténtico despropósito por nuestra parte: Morningstar se jugó su primer lanzamiento con un semigancho que no tocó ni el aro, y su siguiente tiro devino en pedrada contra el tablero. Jim Thomas, Ebeling y el resto no pudieron hacer nada y el CB Murcia cayó derrotado de manera incontestable por los de Fetissov y Óscar. El segundo partido de la serie tuvo su polémica. Tal y como un servidor escuchó por la radio, la cosa fue así: quedaban 37 segundos para la finalización del encuentro, y creo que Valladolid ganaba por un punto y tenía la penúltima posesión. Las posesiones por entonces eran de 30 segundos, así que al CB Murcia le debía quedar un último ataque con 7 segundos. Valladolid manejó el balón, no lanzó, acabaron los 30 segundos pero la bocina del reloj de posesión no sonó. El banquillo murciano protestó durante esos 7 segundos pero los árbitros no se dieron cuenta, o no quisieron pitar nada. El tiempo del partido se agotó con el balón en manos del conjunto local, que se quedó también con la victoria. En el fragor de las protestas Fetissov se enfrentó a media plantilla del CB Murcia, situación que también fue narrada con vehemencia por el indignado locutor. De ahí surgió el “idilio amoroso” de la afición murciana con el jugador ruso, y también aquel famoso cántico de “7 segundos, queremos 7 segundos…”.

 

 

La tarea de remontar el 2-0 en la eliminatoria parecía imposible pero en el Príncipe de Asturias no faltó nadie: con el viejo pabellón abarrotado y con la gente ejerciendo de sexto jugador en la pista, el CB Murcia cumplió y derrotó a Valladolid por un margen cómodo aunque no excesivamente amplio. Es curioso: en mi opinión, fue el lamentable incidente de los 7 segundos y la pelea con Fetissov lo que hizo crecer la rabia y el amor propio de los jugadores del CB Murcia y de su afición, que todos canalizamos en una mayor concentración y ganas de poner las cosas en su sitio. Salvando las distancias, eso es algo parecido a lo que años después pasaría en la eliminatoria del último ascenso contra el Cai Zaragoza, con el penoso comportamiento de Bebove y Farmer en Murcia: el amor propio de los jugadores hizo posible lo que parecía imposible.


 


Hoy me he puesto a recordar mis viajes detrás del CB Murcia, y el primero que hice va a ser el que ocupe la totalidad de este texto. No es para menos. Aquel estreno en el mundo de los desplazamientos fue, desde luego, espectacular. Ocurrió en la temporada 1993/94, cuando después de tener la eliminatoria por la permanencia contra Valladolid casi imposible, con 2-0, nuestro equipo obró el milagro: ganó los tres partidos siguientes y salvó el culo “in extremis” con el 2-3. Antes de hablar de aquel viaje, pondré en situación:

 

Aquella temporada 1993/94 fue la del desembarco en Murcia del técnico catalán José María Oleart. También fue la de Quini García, que debutó haciendo un mate (no lo volví a ver machacar), de Pedrera, de Jordi Grau, de Juan Rosa, del regreso de Paco Martín… y por supuesto, fue el año de Jim Thomas y del genial John Ebeling. Para el playoff llegó el refuerzo del pívot Darren Morningstar en sustitución de un discreto Ted Jeffries: de este último lo que más recuerdo es lo pequeña que le venía la camiseta del uniforme al pobre. En mi opinión la plantilla del Murcia no era mala, pero sí quizá se nos quedó un poco corta. Y además, creo que tuvimos muy mala fortuna durante todo el año: perdimos muchos partidos por un solo punto o por muy corto margen y eso al final pesa. Entre derrota y derrota, equipo y afición se fueron uniendo cada vez más y todos nos mentalizamos para lo que debía llegar inexorablemente: el playoff por la permanencia. El rival: Valladolid.

 

El primer partido de la serie contra el Forum en tierras castellanas fue televisado y resultó un auténtico despropósito por nuestra parte: Morningstar se jugó su primer lanzamiento con un semigancho que no tocó ni el aro, y su siguiente tiro devino en pedrada contra el tablero. Jim Thomas, Ebeling y el resto no pudieron hacer nada y el CB Murcia cayó derrotado de manera incontestable por los de Fetissov y Óscar. El segundo partido de la serie tuvo su polémica. Tal y como un servidor escuchó por la radio, la cosa fue así: quedaban 37 segundos para la finalización del encuentro, y creo que Valladolid ganaba por un punto y tenía la penúltima posesión. Las posesiones por entonces eran de 30 segundos, así que al CB Murcia le debía quedar un último ataque con 7 segundos. Valladolid manejó el balón, no lanzó, acabaron los 30 segundos pero la bocina del reloj de posesión no sonó. El banquillo murciano protestó durante esos 7 segundos pero los árbitros no se dieron cuenta, o no quisieron pitar nada. El tiempo del partido se agotó con el balón en manos del conjunto local, que se quedó también con la victoria. En el fragor de las protestas Fetissov se enfrentó a media plantilla del CB Murcia, situación que también fue narrada con vehemencia por el indignado locutor. De ahí surgió el “idilio amoroso” de la afición murciana con el jugador ruso, y también aquel famoso cántico de “7 segundos, queremos 7 segundos…”.

 

La tarea de remontar el 2-0 en la eliminatoria parecía imposible pero en el Príncipe de Asturias no faltó nadie: con el viejo pabellón abarrotado y con la gente ejerciendo de sexto jugador en la pista, el CB Murcia cumplió y derrotó a Valladolid por un margen cómodo aunque no excesivamente amplio. Es curioso: en mi opinión, fue el lamentable incidente de los 7 segundos y la pelea con Fetissov lo que hizo crecer la rabia y el amor propio de los jugadores del CB Murcia y de su afición, que todos canalizamos en una mayor concentración y ganas de poner las cosas en su sitio. Salvando las distancias, eso es algo parecido a lo que años después pasaría en la eliminatoria del último ascenso contra el Cai Zaragoza, con el penoso comportamiento de Bebove y Farmer en Murcia: el amor propio de los jugadores hizo posible lo que parecía imposible.

 


 

 

El viaje

En fin, volviendo a lo que nos ocupa, al Forum Valladolid-CB Murcia: aún quedaba el redoble de tambor y muy pocos se lo quisieron perder: casi 600 murcianos entre 11 autobuses y unos cuantos coches partieron con destino a la capital castellano-leonesa. Curiosamente 600 son también los kilómetros que separan a Murcia y Valladolid. Yo me embarqué con mis hermanas Eva y Sofía, con mi hermano Manolo y mi cuñada Mari Ángeles y con un buen número de amigos. En la ida de aquel viaje hubo de todo: muchas risas, muchos cánticos, mucha ilusión... Cada parada en el camino era un auténtico espectáculo de bufandas y banderas, de alaridos dedicados a Fetissov, de petición de 7 segundos y por supuesto, también de cerveza, refrescos y de todo tipo de bebidas. Entre chistes y chascarrillos y mientras nos imaginábamos cómo sería el partido, transcurrieron los 600 kilómetros con rapidez y de pronto nos vimos en Pucela. Los nervios crecieron y el cosquilleo en el estómago era evidente en todos. Como aún quedaba un rato, decidimos tomar un tiempo de descanso que algunos aprovechamos para dar una vuelta e ir a algún bar, sin alejarnos demasiado del Polideportivo Pisuerga. Unos amigos quisieron ir más allá y se dieron una caminata hasta la Catedral: error. Ataviados con las bufandas rojas en una tarde como aquella, tuvieron que correr y refugiarse en un autobús urbano para dejar atrás a unos penosos ultras que no entendían nada del deporte y que querían darles una paliza. Sólo fue un susto y una pequeña anécdota que contar, agradeciendo siempre al conductor del bus urbano por haberles salvado el pellejo al recogerlos en un lugar en el que no había parada.



Una hora antes de que empezara el partido nos reunimos todos a las puertas del pabellón, y entonces nos vimos rodeados y muy bien protegidos por un montón de policías nacionales antidisturbios más altos que la torre de la catedral de Murcia. Aquello me impactó mucho, ya que era mi primer viaje: recuerdo los furgones blindados, el pasillo de armarios roperos con uniforme policial y al fondo la puerta de acceso al pabellón. Entonces un aficionado murciano rompió el silencio al grito de “7 segundos, queremos 7 segundos, 7 seguuuundos, queremos 7 seguuundos…”. El Polideportivo Pisuerga era el pabellón más grande al que había entrado hasta entonces, porque en mis 5 años anteriores como socio del CB Murcia sólo había estado en nuestro pequeño Príncipe de Asturias. Nos subieron a una grada alta que casi ocupamos en su totalidad, y antes incluso de estar situados empezamos a animar, cantar y gritar. Había alguno de nosotros que, de cuando en cuando, trataba de apaciguar los ánimos recordándonos que debíamos guardar fuerzas para el partido, que aún quedaba mucho para que empezara. Pero apenas estábamos callados un minuto, cuando ya había otro que empezaba a cantar y a gritar, y ahí que nos lanzábamos el resto. Recuerdo que me entró cierta aprensión en el momento en el que a un miembro de nuestra “comitiva” le dio un “paparajote” (pájara, tabardillo, pipirijate, jamacuco…): al final no fue nada, pero yo me dije mentalmente: “tanta efusividad no puede ser buena, estás a mil, relájate”.

 

En pocos minutos se llenó el Polideportivo Pisuerga y el duelo de animación se equiparó, pero cuando se vio sobre la pista que el CB Murcia iba en serio, ya sólo se nos escuchaba a nosotros. Los ultras del Real Valladolid de fútbol fueron al partido y en cuanto tenían ocasión nos dedicaban algún cántico despectivo del tipo “paleeetos, paleeetos”. Nosotros les contestábamos diplomáticamente con un clásico de la música pop española, el “aquí no hay playa, vaya, vaya”. Entre unas cosas y otras, el partido transcurrió con los aciertos de Thomas, de Rosa, de Ebeling, de Morningstar, con la defensa asfixiante y épica de Paco Martín sobre Óscar… Recuerdo un tapón de Ebeling a Fetissov brutal, y recuerdo la victoria como un sueño. Una alegría inmensa y un derroche de adrenalina. Apoteósico. Allí estuvimos dando saltos en la grada durante un buen rato, hasta que el pabellón se vació y la policía nos acompañó a la calle. Por supuesto, hay que decir que el trato de la gente de Valladolid fue exquisito, quitando a los cuatro idiotas que hay perennes en cualquier ciudad del mundo. La afición de un equipo histórico de la ACB como aquel nos despidió en pie, entre aplausos y gestos de reconocer nuestra victoria. Al final el sufrimiento de los dos se quedó en nada y el descenso de Valladolid no se consumó por problemas económicos de los equipos que debían ascender. El año anterior le pasó lo mismo al propio Murcia.

 

Como curiosidad hay que decir que la victoria les valió a los jugadores una prima económica, y que John Ebeling acrecentó aún más su leyenda siendo tan bueno fuera de la pista como dentro de ella: el jugador americano cedió su parte a una ONG local. Y eso que se ganó el dinero como nadie y disputó el último partido casi cojo y con una aparatosa rodillera. En mi opinión, Ebeling es otro de los cracks, otro de los jugadores que más huella han dejado en esta ciudad junto a Xavi, Hughes o McPherson, por ejemplo.

 

La primera parte del viaje de regreso fue un no parar de cantar, de gritar y de comentar la jugada. Escuchamos las noticias deportivas por la radio y rompimos a aplaudir cuando se habló de nuestra victoria. Luego seguimos con la música y los cánticos hasta que el sueño y el cansancio nos dejaron a todos en silencio, pero con una amplia sonrisa de satisfacción en los labios. La segunda parte del viaje se puede calificar de terrible: incomodidades, más cansancio aún, el ruido del motor del autobús… Incluso pensé: “madre mía, cómo habría sido el viaje si llegamos a perder”. Los últimos 15 kilómetros del trayecto, los que separan Molina de Segura y Murcia, se me hicieron eternos. Al fin llegamos de madrugada. Recuerdo que lloviznaba. Agua caída del cielo, el final perfecto a un viaje de ensueño. Fueron mis primeros 1200 kilómetros de baloncesto, y sin duda mereció la pena.

Última actualización el Martes, 30 de Diciembre de 2008 14:30