Kilómetros de baloncesto (II)
Blogs - Pedro Serrano
Escrito por Pedro Serrano   
Viernes, 30 de Mayo de 2008 00:15

Siempre es agradable dedicar un poco de tiempo a recordar los buenos momentos del pasado. El baloncesto me ha dado unos cuantos. Con la que le está cayendo últimamente a nuestro equipo, diría que ahora es aún más necesario echar la vista atrás y contar lo que hemos vivido, con el fin de que aquellos que tienen el futuro del club en sus manos sepan realmente de lo que estamos hablando.

 

En el texto que antecede a éste relaté los primeros 1200 Km. que hice junto al CB Murcia, aquel viaje épico y tremendamente cansino a tierras castellano-leonesas hace ya 15 años. La siguiente temporada hubo mayor lugar para el “carretera y manta”: a la euforia por el triunfo ante Valladolid se unió el estreno del Palacio de los Deportes. Y a ello se sumó la conformación de un equipo de ensueño que nos elevó al éxtasis. Los planetas se alinearon en la órbita del baloncesto, y el baloncesto hechizó a Murcia. El Palacio comenzó a registrar llenos, el equipo salió dulce como un buen melón y la ciudad se volcó. La comunión entre el CB Murcia y su gente era total, la química hizo una combinación perfecta y no exagero cuando digo que fue el mejor momento de la historia del club. Creo que se debió aprovechar aquel viento a favor, aquella inercia positiva para consolidarnos en la élite. Lamentablemente, y por variadas razones, no fue así.

 

 

Ha pasado mucho tiempo y, la verdad, hay cosas que se enturbian en mi primitivo y rudimentario disco duro. No recuerdo qué viajes fueron antes y cuales fueron después, pero sí que me acuerdo de la apacible tranquilidad de mi tiempo, de lo cojonudo que era ser estudiante y de lo rápido que se escapan los años. En 1994 yo estaba estudiando COU, y aunque ya atisbaba en el horizonte cercano la presión del examen de selectividad, no me lo pensaba dos veces a la hora de embarcarme junto al CB Murcia. El gran viaje de aquella temporada fue a Sevilla, sin duda, por lo largo del camino y por el brutal partidazo que se marcó nuestro equipo. Recuerdo que tenía un examen de literatura el lunes siguiente: me examinaba de la lectura de La Colmena, famoso tocho del insigne (a la par que desagradable) Nóbel Camilo José Cela. No me lo había terminado y me lo llevé con la sana e irreal intención de aprovechar el trayecto para leer. Creo que ni siquiera lo abrí.

 

Al llegar a Sevilla me llamó la atención lo cutre que era tanto el pabellón como su entorno (con todos mis respetos). Por dentro San Pablo me pareció grande y a la vez algo destartalado. Al ser una instalación pensada también para el atletismo, las gradas de los fondos y parte de las laterales eran supletorias, e incluso había sillas metálicas idénticas a las de los cines de verano. Nos ubicaron en un fondo y automáticamente comenzamos el griterío. El partido fue redondo para el CB Murcia. Quitando la famosa victoria al TAU de aquel mismo año en el Palacio (120-117 tras dos prórrogas), aquel de Sevilla fue el mejor partido que ha hecho nuestro equipo en su historia: 91-116 sin tiempo añadido, 116 puntos como 116 soles en 40 minutos de juego. Por destacar a alguien habría que hablar de don Eduardo Piñero, autor de 27 puntos con 5 de 7 en triples: “¡Piñero Selección!”.

 

Después del partido tuvimos tiempo para pasear nuestra euforia por Triana y alrededores. Muchos sevillanos en mitad de su “midnight fever” nos saludaban de muy buen rollo. Alguno nos confundió con seguidores del Español, imagino que porque el Español jugaba allí ese fin de semana y no por el color de nuestras bufandas. Sevilla es una ciudad eminentemente futbolera y festera a más no poder, eso nos quedó claro. Tras coger de nuevo el autobús junto a la Torre del Oro, iniciamos el viaje de vuelta. Sharon Stone y su “Instinto básico” nos amenizaron los primeros kilómetros, y luego el viaje nocturno se tornó en una pesadilla, como era de esperar. Llegamos a Murcia de día y no hace falta decir que viví aquel domingo como una auténtica marmota, como un vegetal sin macetero. Por supuesto, nada de leer ni de estudiar para mi examen de La Colmena. Para colmo, al llegar la noche me noté febril: 39 grados a la sombra, casi nada. El lunes fue un infierno, en el examen escribí no sé muy bien cómo ni qué, pero debió de salirme redondo porque el resultado fue un esplendoroso sobresaliente. Cuando la profesora dio las notas, unos días después, “no me lo podía de creer”. Quizá se debió a la genial paliza que me pegué justo antes del examen para ver baloncesto. Pues bien, otra paliza que mereció la pena.

 

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