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05.09.2018 06:34:49
Ricardo Aller

EL TRASTERO

 

Como cada atardecer, justo cuando los últimos destellos tiñen de malva las balconadas de las casas del barrio, en la buhardilla reconvertida en trastero del número 7 se enciende una luz. Es este, por lo general, un brillo potente que al atravesar la pequeña ventana dibuja un refulgir recio y vital, pero hoy el fogonazo es tan débil que parece diluirse en el aire.

―Se te está acabando la batería del faro, D ―dice Mike al observar el frágil destello que emana de la lamparilla de la bicicleta.

D enarca los frenos y, moviéndose todo lo rápido que le dejan sus oxidados radios, enfoca a su derecha iluminando a Mike, un cuarteado balón de fútbol de cuero tan desgastado que las fibras de nailon se le salen por todos lados.

―Anda, Mike, no me toques los pedales.

―Vaya humor te gastas, bicicleta―exclama el balón con su voz hueca―.  ¿Qué pasa, es que te ha dado un mal aire?

D sofoca la irritación de la broma dejando escapar un ruidillo irritante desde la válvula de su exangüe llanta delantera a modo de suspiro. Hace tiempo que perdió los casquillos y desde que Eduardo, su dueño, lo dejó en el trastero nadie le ha tomado la presión de las ruedas, teniendo que ver impotente cómo el aire se le ha estado escapando poco a poco hasta llegar al lamentable estado en el que ahora se encuentran.

―Al menos yo no soy una pésima réplica de mercadillo que hasta tiene mal cosido el nombre de la marca falsificada ―dice al cabo.

―¿Cuántas veces tengo que decírtelo? ―responde el balón, rebotado―. Nike es mi primo.

―Sí, lejano.

Continúa el alboroto un rato más entre ambos, cada vez más avinagrado. Al ver que la cosa va a mayores, Alatriste, un soldado de plomo veterano de los Tercios, que ni es el juguete más honrado ni el más piadoso, pero es un juguete valiente, sale de su caja y de un salto se interpone entre Mike y D, clamando tranquilidad.

―Hágase la calma, caballeros, que no hay necesidad de trocar verbos innecesarios.

―¿Pero qué me estás contando, soldadito? ―clama Mike, molesto―. Aquí el problema lo tiene ésta, que no asume la realidad, aunque no la culpo. A mí siempre me han tratado a patadas, pero D siempre fue la niña bonita de Eduardo y ahora no acepta que los tiempos de gloria han pasado y que su destino es pudrirse en este trastero hasta que nos lleven al chatarrero.

Incapaz de responder a aquel golpe de realidad, D agacha el manillar, cabizbaja. La tarde que la subieron al trastero pensó que simplemente la estaban cambiando de sitio, pero cuando al día siguiente apareció Eduardo subido a aquella BTWIN Rockrider 520 negra tan insultantemente nueva y con más marchas de las que jamás hubiera pensado que pudieran existir le temblaron hasta los chasis. Eso sucedió una mañana de primavera y desde aquel día habían pasado, a tenor de la falta de lubricante en su cadena, al menos tres revisiones en las que el tiempo parecía haberse detenido dentro de aquel cementerio de juguetes olvidados.

―Estamos condenados al Olvido, y quien no quiera aceptarlo dos males tiene― sentencia Mike.

―A lo mejor nos venden ―intercede Alatriste al recordar cómo, de vez en cuando, aparece Eduardo para llevarse a algún soldado de plomo compañero de armas que nunca más regresa.

―Algún afortunado hay, es verdad ―concede el balón―. Ese tal gualapop parece ser un humano al que le gustan mucho los trastos inútiles como nosotros.

Ajeno a la conversación que mantienen Mike y Alatriste, D gira el manillar y se queda mirando a través de la ventana. La noche es cerrada, dejando al lucero del alba como el punto más brillante en el cielo. En ese momento le atosiga el recuerdo del primer día que Eduardo la sacó de la tienda, haciendo que se le empañe ligeramente el foco.

―Se llamará D ―eso fue lo primero que le dijo el niño a su madre mientras pedaleaba a su alrededor―¡D, de descapotable!

 La falta de batería y la desazón de sentirse inservible hace que la luz del faro vaya perdiendo claridad hasta dejar el trastero en una penumbra oscura como boca de taller. Es en ese momento cuando D se pregunta si el Olvido será así: tenebroso y lúgubre, solo polvo y soledad.

Está en ese pensamiento cuando una suave brisa entra por la ventana, acariciándole el sillín. Ya más recompuesta, hace resonar en el timbre un toque seco y amargo que simboliza la lucidez de un pensamiento: <oxidarse solo puede significar haber sido utilizada>.  Y a fe suya que lo había sido, se dijo. Porque D, antigua bicicleta BMX Colorado Yushima, hoy viejo armatoste abandonado en un trastero, con más ruedas gastadas de las que puede recordar, más kilómetros recorridos que una Vuelta a España y más tiempo compartido con su dueño que cualquiera de los juguetes que jamás hubiese tenido, se dispone a enfrentarse a su destino tal y como ha afrontado la vida junto a Eduardo: derecha, con circular arrufaldado y zambo, que diría Alatriste. Y cuando el Olvido, como amante celoso que es, venga a su encuentro, ella, que nunca ha sabido vivir sin quemar rueda, se dirigirá hacia él con el manillar bien alto, en línea recta y sin frenos. Con dos piñones.

 



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09.06.2018 07:06:07
Ricardo Aller

CÓRDOVA

 

9 de agosto 1781.

Cubierta del Royal George, frente al Cabo de Santa María.

5 de la mañana, 1 hora después del inicio de la batalla.

 

 

Mientras el teniente le ponía al corriente, John Mutray clavó la mirada hacia la banda de babor donde, apenas a dos millas de distancia, el Monstrat deambulaba por el Atlántico sin mastelero de gavia ni palo macho, tratando de defenderse como Dios y sus 28 cañones le daban a entender frente a las embestidas de dos navíos españoles que lo acorralaban.

―Los del Monstrat están between the devil and the deep, comandante ―remachó John Lightow, un veterano de Liverpool con más heridas que esperanzas de salir de allí de una pieza―, aunque peor lo tienen los del Helbrech, que se está hundiendo a estribor.

Negando con la cabeza, Moutray volvió a recriminarse su necedad al dejarse engañar por el enemigo con un ardid tan viejo como el mar: el de simular con un farol en el trinquete la señal luminosa acordada por los capitanes de la Royal Navy en una reunión secreta que a la vista estaba que no fue tal, aunque tampoco podía decirse que le sorprendiera la filtración. Al fin y al cabo, pensó, en tierra regían códigos diferentes a los de la mar; otras lealtades y otros valores, sobre todo desde que Europa se hubiera convertido en un nido de espías.

―Es cuestión de tiempo―resumió Lighttow.

Moutray se limitó a asentir con un gruñido de obviedad. Su destino y el del mayor convoy que Inglaterra jamás había dispuesto en su historia ―57 barcos con suficiente oro y hombres como para terminar de una vez la maldita revuelta de las Trece Colonias―lo conocían ellos y también el capitán de aquel galeón español de tres palos con aparejo de velas cuadradas y tres puentes, cuyas 120 bocas de fuego no cesaban de escupir balas de 36 libras y que respondía al nombre de Santísima Trinidad, en cuyo trinquete hacía tiempo que lucía la seña de caza general, una auténtica declaración de intenciones que ni aclaraba ni complicaba la decisión del comandante del Royal George acerca de qué era mejor, si huir o pelear hasta la derrota. Porque John Mutray sería muchas cosas, pero nunca un cobarde.

―Comunicad al alférez que iniciamos la aproximación al galeón y que todos los hombres, desde los artilleros hasta los de cocinas, se armen con todo lo susceptible de matar.

Iba a asentir Lightow cuando una andanada procedente del Trinidad arrasó el propao del alcázar, la chimenea de fogones y el cabestrante del castillo, apoderándose de la cubierta una espesa nube de pólvora, muerte y gritos de heridos. Aún envuelto en la vaharada de humo, Moutray, milagrosamente intacto, se incorporó y con voz ronca ordenó a los que aún podían valerse por sí mismos que regresaran a los cañones.

―¡Abocen esos obenques!―gritó mientras miraba como a su alrededor todo desaparecía entre el humo de disparos y los fogonazos procedentes de una treintena de barcos españoles que, en formación de patas de cangrejos, estaban situando al Royal George en primera línea de fuego.

Al ver al Trinidad dispuesto a meter el bauprés por encima del mascarón de proa, Moutray suspiró hondo: aquello era cosa hecha. Antes de dar su última orden―No estará en su puesto aquel que no se halle bajo el fuego―, desenvainó el sable y lo alzó al aire, reverberando un haz de luz en el que por un momento creyó distinguir la imagen etérea de su mujer y sus hijas.

―Que por lo menos sepan que morí igual que viví, de pie y sin miedo―bisbiseó.

En ese pensamiento estaba cuando, de repente, el impacto frío y seco de un mosquetazo lo fundió todo a negro.

 

***

 

Al anochecer.

 

A Luis de Córdova le dolía todo, especialmente el hombro derecho, recuerdo de una bala recibida en 1747 cuando la refriega contra los argelinos Danzig y Castillo Nuevo por aguas del cabo de San Vicente. Demasiados años, pensó mientras se palpaba la herida con una punzada de nostalgia, demasiadas batallas.

―Agradecedle de mi parte al conde de Aranda y sus espías su buen trabajo.

El almirante se giró, encontrándose a José de Mazarredo. Fiel a sí mismo, el vascongado había luchado con la bravura habitual, y aunque llevaba la casaca manchada de sangre, se encontraba en razonable estado de salud.

―Me alegra veros vivo, don Joseph.

Este se limitó a encogerse de hombros. A su espalda, las llamas que consumían varios restos de embarcaciones inglesas alumbraban la noche.

―Uno no se puede quejar cuando tras la batalla sigue teniendo las tripas en su sitio, pues.

―¿Tiene ya el recuento de piezas y prisioneros?

―52 embarcaciones marinadas, de las cuales 36 son fragatas, 6 paquebotes y el resto bergantines, quedando todos ellos más o menos cañoneados pero a flote. Respecto a los prisioneros, se nos han rendido 1.350 hombres de las dotaciones, 1.357 entre oficiales y soldados y 286 pasajeros.

De Córdova amagó una sonrisa de satisfacción: aquello había sido caza mayor.

―Por hoy ya está bien, así que me retiro a descansar.

Con una leve inclinación de cabeza, el almirante abandonó la toldilla y se dirigió a su camarote. Las piernas le pesaban como pecados en el alma, pero antes de descansar optó por buscar recado de escribir y terminar de redactar la batalla en el diario de a bordo.

“Concluyo expresando que sin embargo de mis deseos y desvelo para el mejor Real servicio, atribuyo enteramente a la alta mano del Todo Poderoso la caída de esta riqueza de los enemigos en nuestro poder, completándose la satisfacción con la entera ruina de una expedición de tanta entidad así por los refuerzos de tropas para la India e Islas de América como por los grandes repuestos de víveres, lonas, velamen, jarcias y toda clase de pertrechos, que se conducían para la escuadra y establecimientos ingleses en América, cuya perdida es de tanto daño a los enemigos.

                                    Fdo: Director General de la Armada, Luis de Córdova y Córdova.”



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10.01.2011 09:22:06
Ricardo Aller

Los primeros copos-blancos, muy madridistas- de la temporada de invierno tienen para mí cierto carácter retroactivo, puesto que indefectiblemente me hacen retroceder en el tiempo, a un cada vez más lejano 1986, época donde las fugaces visitas a Madrid a casa del abuelo siempre fueron motivo de alegría en mi más tierna infancia. Aquellos años-apenas siete recién cumplidos- que, con el paso del tiempo, me atrevería a calificarlos como románticos, cuando la inocencia propia de la niñez hace que todo aquello que ves por primera vez te hipnotice y se impregne en piel, mente y corazón con el calificativo de legendario.

 

 

 


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